Vanitas

Antonio de Pereda, Vanitas, c. 1634

Antonio de Pereda, Vanitas, c. 1634

Todos estos objetos invitaban a la conversión, pero también hablaban de la melancolía de la vida incierta. Asociaban la una a la otra, como las pinturas de paisaje empezaron combinando la naturaleza con una escena de género que les había servido de coartada.
A las vanidades, como a los paisajes, les llegó el momento de cobrar su independencia. Entonces dejaron las apariencias del discurso religioso; la melancolía esencial fue gustada por sí misma; dulce y amarga, fruto demasiado maduro del otoño, traducía el sentimiento permanente de esa presencia constante y difusa de la muerte en el corazón de las cosas, arrojando sobre toda la vida un velo de emoción.

Philippe Ariès, El hombre ante la muerte.